Por: Tatiana Yelena Rodríguez Mojica. @tatiana_tatiy

Quiero permitirme a través de estas líneas rendir un homenaje a la vida, la amistad, la resiliencia, la perseverancia y por supuesto a una gran amiga; como dice el gran García Márquez “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, y por fortuna tenemos los recuerdos que es lo único que nos queda cuando alguien se ha ido.
Conocí a Natalia en un curso dirigido a personas con discapacidad visual de algún tema que me interesaba, no me acuerdo cual, por el contrario, recuerdo que era una chica joven y vanidosa, en eso congeniábamos y en muchas cosas más; luego, me enteré que teníamos la misma edad y que yo no le había caído muy bien, le parecí muy creída, sensación que es frecuente que yo genere.
Me empeñé en acercarme a ella, tenía algo que me llamaba la atención y lo fui descubriendo poco a poco; cuando decidí crear la Fundación Sirius Una Nueva Luz, hice una convocatoria y acudieron varias personas, después de proponerles la idea quedaron nueve; el plan se puso en marcha y la repartición de tareas se hizo evidente y fue en este momento que todos partieron menos Nata.

Comenzamos por asesorarnos cuales eran los requisitos legales y que más se requería para crear una fundación; posteriormente, empezamos con la búsqueda del nombre, se nos ocurrieron muchos, pero ninguno nos convencía, es aquí donde entra mi tío Hernando, una persona que me ha apoyado en todos mis proyectos y que nos ha enseñado, como él siempre dice: “con fé y entusiasmo todo se puede lograr”.
Nos contó sobre las estrellas Sirius, que eran dos y tiempo después descubrieron la tercera, lo grandes que eran y la importancia de esta constelación, y nos encantó que tenían más luz que el sol, y este era el nombre perfecto, luz de grandeza, positivismo y esperanza, por eso Fundación Sirius Una Nueva Luz.

Se presentaba el primer reto de muchos que tuvimos y era conseguir el dinero para el registro de cámara y comercio, Natalia y yo no teníamos trabajo y además, deseábamos que ese recurso lo consiguiéramos nosotras mismas. Nos ingeniamos diferentes estrategias para lograrlo, una de ellas fue vender dulces y postres.

Un día estábamos en una estación de Transmilenio con todos los postres que habíamos preparado, los íbamos a vender en una clase en la que participábamos y como es habitual estaba súper congestionada, pasó alguien corriendo, nos empujó y todos los postres quedaron por el piso. Nuestras familias han sido fundamentales para Sirius, en mi caso mi mamá y papá y en el de Nata la señora María Luisa su madre.
Nos han acompañado, apoyado y seguido la idea en cuanta cosa se nos ha ocurrido, nos ayudaban a comprar, preparar, distribuir y luego, vender, desde postres, ropa, maquillaje, cosméticos y hasta joyas; Natalia y yo éramos muy buenas vendedoras, así como nuestras madres, nos iba muy bien, aunque, algunas personas se quedaban con los productos y no nos pagaban, entre estas una profesora.
Logramos reunir el dinero para los papeles, también, otros ingresos para la Fundación y se nos presentaba otro reto, nuestro primer evento, un almuerzo en un lindo restaurante, cuando empezamos la idea de una fundación, la mayoría de personas nos decían “trabajar con la población es muy difícil”, aunque, no quiero que suene a queja, sí que lo es.
Comenzando que las personas con discapacidad estaban acostumbradas a que las actividades que los incluían fueran gratis o a mil pesos, nosotras estábamos seguras que si queríamos un buen evento teníamos que cobrar, no había otra manera, puesto que no teníamos un patrocinador o alguien que lo financiara; nos arriesgamos y dimos inicio a la convocatoria, Natalia y yo somos muy persistentes.
Muchas personas nos dijeron que no, pero, en lugar de desanimarnos buscábamos otras y es en este momento cuando nace la figura de apadrinar; con esta estrategia logramos invitar personas con discapacidad visual de escasos recursos a que disfrutaran de este evento. El día llegó y estábamos súper emocionadas, nos mandamos a arreglar en salón de belleza y vestíamos nuestras mejores pintas.

Estábamos súper felices, asistieron como 60 personas, para ser nuestra primera actividad era todo un éxito. Natalia me seguía la idea en todo lo que se me ocurría y yo a ella, era muy creativa y positiva, pocas veces decía que no, por el contrario, lo daba por hecho y le ponía todas las ganas. Luchaba todos los días como una guerrera con una enfermedad que poco apoco la deterioraba, nunca se quejaba y aguantaba con una dignidad admirable.
Recuerdo un día como en el año 2006, que nos habíamos comido un helado y yo como soy bien antojada me provoqué de avena y pandebono, dije: “no mejor no, voy y me engordo”, y Nata me dijo: “Tati, come tranquila y disfruta, yo que me tengo que cuidar por todo y de todas formas me voy a morir”; una de tantas enseñanzas que me dejó.

Eso siempre me decía, “que disfrutara cada momento y que se iba a morir primero que yo”, lo cual cumplió, aunque, yo me negaba a creerlo y deseaba contar con su amistad y compañía por mucho más tiempo. Natalia era una mujer soñadora, discreta y confiable, también, un poco tímida, no le gustaba figurar; no solo trabajábamos con amor en la fundación, nos divertíamos y construimos una amistad sólida y transparente.
Las amigas, los amigos, son esa familia que escoges y que sí te pueden acompañar toda la vida, aprendí de mi familia que la amistad es uno de los más grandes tesoros; mi querida madre conserva amistades de más de 60 años y particularmente también, tengo amistades de muchos años, no digo cuantos para que no hagan cuentas.

Natalia hizo su máximo esfuerzo para apoyar las actividades de la Fundación, pero la diabetes no tiene piedad de nadie y el 6 de mayo de 2023 se la llevó; por fin pudo descansar algo que ella deseaba y quienes la amábamos también. Nunca olvidaré su alegría, el cariño que me tenía y sus deseos de hacer y salir adelante.

Siempre hablábamos de la muerte y en nuestros momentos de alegría, que por fortuna fueron muchos, cantábamos la canción de Jaime Molina, yo no le puedo sacar un son, pero sí puedo escribir, y sobre todo recordar lo mejor de ella, lo vivido y sus enseñanzas. Se apagó una estrella pero su luz nos iluminará por siempre. Descansa en paz querida amiga.